Pensamiento Católico

Homilía de su Santidad Benedicto XVI durante la inaguración del Año Sacerdotal en el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney

Autor: Benedicto XVI

Fecha: 2009-08-12 20:33:00

Mensaje de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de México con motivo del Año Sacerdotal 2009/2010

 

A NUESTROS HERMANOS SACERDOTES QUE CONFORMAN LOS PRESBITERIOS:

¡Gracia y paz delante de Dios Padre, de
Jesucristo el Señor y la comunión del
Espíritu
Santo sean con todos ustedes…!
(2 Cor 13,13)                                                                                                         

Nosotros, sus Obispos, les saludamos cordialmente y “Damos gracias a Dios por todos ustedes, recordándoles en nuestras oraciones; haciendo sin cesar ante nuestro Dios y Padre, memoria de la obra de nuestra fe, del trabajo de nuestra caridad y de la perseverante esperanza de Nuestro Señor Jesucristo, sabedores de la elección, hermanos amados de Dios” (1Tes 1, 2-4).

El viernes 19 de junio en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI, ha dado inicio al Año Sacerdotal, con el tema: “Fidelidad a Cristo, Fidelidad del Sacerdote”, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, cura de Ars y patrono de los sacerdotes.

Los Obispos, que integramos la Provincia Eclesiástica de México, que comprende las Diócesis de Atlacomulco, Cuernavaca, Toluca y Arquidiócesis de México, nos unimos con todos los sacerdotes que la conformamos, a la alegría con la cual hemos recibido este año de gracia que el Señor Jesús nos regala, por ello reafirmamos con el Papa que “la dimensión misionera del Presbítero nace de su configuración sacramental con Cristo Cabeza”. Pues “la Misión tiene su verdadero centro propulsor precisamente en Jesucristo. Y la centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la Misión y la Iglesia misma” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de Marzo de 2009, K-I)

Con estas palabras hermanos sacerdotes, Benedicto XVI, nos impulsa a ir “mar adentro”, es decir al fondo de nuestro quehacer como Discípulos y Misioneros, para definir en primera persona, que somos auténticos testigos de la presencia de Dios-Amor, encarnado en nosotros, al señalarnos que la Misión es eclesial porque nadie anuncia o se lleva a si mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de Marzo de 2009, f).

Hermanos sacerdotes, El Señor les bendice por su testimonio y entrega sacerdotal; pues constatamos que la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que han dedicado toda su vida a realizar su vocación y misión y, en muchas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo.

Por ello, con un profundo sentimiento fraternal, les animamos a seguir trabajando en nuestra consolidación de Discípulos y Misioneros, entregados a la desafiante y apasionada tarea de la Gran Misión, desde su experiencia del primer encuentro con Jesucristo, su seguimiento, hasta la puesta en práctica de los programas y procesos evangelizadores.

Nos preocupa sobremanera la situación de nuestro tiempo, las dificultades y exigencias que en muchas ocasiones nos desbordan y que como rebaño y pastor tenemos que afrontar y compartir, para dar soluciones adecuadas.

También queridos hermanos sacerdotes, queremos darles las gracias, por tanto bien que han hecho a nuestra Iglesia en las comunidades que se les han encomendado, reconocemos y admiramos su entrega fiel y generosa. Queremos estar cerca de cada uno de ustedes, y solidarizarnos con todos, particularmente con aquellos que están pasando por momentos difíciles: tribulaciones, enfermedades, pérdida de algún ser querido, crisis y obscuridades existenciales.

Aunque en las Diócesis de Nuestra Provincia se están realizando distintos Eventos para celebrar este año sacerdotal, a nivel Provincia Eclesiástica de México se está preparando un encuentro sacerdotal del que más adelante tendrán noticias.

Por ello, y en este contexto, se invita a los Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Laicos a que hagamos de este año Sacerdotal, un año de intensa oración, para pedir por la santificación de nuestros sacerdotes, pues aunque sabemos que la santidad del presbítero es responsabilidad de cada uno de ellos, la comunidad ora incesantemente a Dios por ellos y a la vez, este año sea una oportunidad concreta para que rindamos un justo homenaje y reconocimiento a tantos sacerdotes que con su testimonio de vida nos dejaron un legado de fe, esperanza y caridad.

 Así, el Año Sacerdotal es una ocasión propicia para que, a la luz de la Palabra de Dios revaloremos el ministerio que el Señor Jesús nos ha confiado.  Mencionamos algunos aspectos que tenemos que tomar muy en cuenta en este año de gracia.

 

1         Agradecer a Cristo Jesús la vocación del sacerdocio ministerial, por la que llama a personas concretas a prolongar su misión de actuar “en su persona” como Cabeza, Pastor y Siervo en la Iglesia.

2         Alabar a Dios con alegría y gratitud por el testimonio y servicio de muchos sacerdotes –vivos o difuntos- que nos han ayudado a lo largo de nuestra vida y nos edifican con su ejemplo.

3         Los que hemos sido llamados al sacerdocio ministerial, reconocer ante Dios este don inmerecido y renovarnos en nuestra respuesta a Él y en nuestro servicio a la comunidad. En este sentido, atender e incrementar el espíritu de formación permanente en todos sentidos.

4         Renovar la fraternidad y comunión del presbiterio y la relación sacramental con el propio Obispo.

5         Profundizar la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros. En el contexto de la Eucaristía, subrayando su centralidad en el sacerdocio ministerial.

6         Suscitar más intensamente la forma de vida apostólica según la imagen de Cristo Sacerdote para hacernos más presentes en los alejados y necesitados.

7         Según palabras del Papa, “recuperar aquella conciencia que impulsa a los sacerdotes a hacerse presentes, identificables, reconocibles, sea por el juicio de la fe, sea por las virtudes personales, sea también por el hábito, en los ambientes de la cultura y la caridad”. En otras palabras renovar nuestra identidad.

8         Resaltar el papel del sacerdocio para la misión de la Iglesia y en la sociedad contemporánea.

9         Ofrecer las mejores energías eclesiales para cuidar la formación de los candidatos al ministerio.

10     Examinar las condiciones concretas y el sustento material en el que viven nuestros sacerdotes, en algunos casos obligados a subsistir en situaciones de dura pobreza.

11     Acentuar la comunión y amistad de los sacerdotes con las comunidades a su cargo.

El espíritu de este año sacerdotal nos invita, igualmente, a reavivar el don de Dios que hemos recibido (Cfr. 2Tim 1,6). Para experimentar el amor de Cristo,  contemplemos el testimonio admirable del Santo cura de Ars.  De él, en efecto, ha escrito el Papa Juan Pablo II: “Podría decirse que Juan María Vianney quería en cierto modo, arrancar a Dios las gracias de la conversión no solamente con sus oraciones, sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquellos que no lo amaban y, a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos hacían. Era realmente el pastor siempre solidario con su pueblo pecador” (JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes, 16, Marzo de 1986).

En el año dedicado a San Pablo, que ha terminado, se nos presentaba la experiencia de fe vivida por este gran apóstol, en donde se presentaba con el esclavo de Cristo (Cfr. Rom 1, 1),  encadenado por el Espíritu (Cfr Hebr 20, 22), dispensador de los misterios de Dios (Cfr 1Cor 4, 1). Su testimonio nos animará en la experiencia del amor que apremia y hace feliz. Este Año sacerdotal es una invitación para comprometernos a revivir cada día la conciencia de nuestra consagración, porque, como dice el Apóstol Pablo: “llevamos este tesoro en vasos de barro” (2Cor 4, 7). Nos vemos cada día más urgidos para lograr nuestra configuración con Cristo, es decir, pensar como Él, actuar como Él, vivir como Él; en una palabra, amar como Él, para conseguir “tener los mismos sentimientos de Cristo” y sus mismas actitudes (Filp 2, 5).

Queridos sacerdotes de esta PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE MÉXICO, vivamos con fe y con entusiasmo en la realización de esta feliz iniciativa de su Santidad Benedicto XVI que ha querido dedicar un Año para nosotros los sacerdotes. Dios bendecirá nuestros esfuerzos y Santa María de Guadalupe, Madre de Dios por  quien se vive y Madre de los sacerdotes, profundamente vinculada a nuestras Iglesias diocesanas, desde el Tepeyac nos ayudará con su intercesión, para que el amor que nos apremia y transforma, vaya forjando cada día más en nosotros nuestra identidad con Jesús, sumo Sacerdote y buen Pastor.

Vivamos el don del sacerdocio en este Año de gracia del Señor en la fraternidad sacramental.

Mensaje de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de México con motivo del Año Sacerdotal 2009/2010

 

A NUESTROS HERMANOS SACERDOTES QUE CONFORMAN LOS PRESBITERIOS:

¡Gracia y paz delante de Dios Padre, de
Jesucristo el Señor y la comunión del
Espíritu
Santo sean con todos ustedes…!
(2 Cor 13,13)                                                                                                         

Nosotros, sus Obispos, les saludamos cordialmente y “Damos gracias a Dios por todos ustedes, recordándoles en nuestras oraciones; haciendo sin cesar ante nuestro Dios y Padre, memoria de la obra de nuestra fe, del trabajo de nuestra caridad y de la perseverante esperanza de Nuestro Señor Jesucristo, sabedores de la elección, hermanos amados de Dios” (1Tes 1, 2-4).

El viernes 19 de junio en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI, ha dado inicio al Año Sacerdotal, con el tema: “Fidelidad a Cristo, Fidelidad del Sacerdote”, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, cura de Ars y patrono de los sacerdotes.

Los Obispos, que integramos la Provincia Eclesiástica de México, que comprende las Diócesis de Atlacomulco, Cuernavaca, Toluca y Arquidiócesis de México, nos unimos con todos los sacerdotes que la conformamos, a la alegría con la cual hemos recibido este año de gracia que el Señor Jesús nos regala, por ello reafirmamos con el Papa que “la dimensión misionera del Presbítero nace de su configuración sacramental con Cristo Cabeza”. Pues “la Misión tiene su verdadero centro propulsor precisamente en Jesucristo. Y la centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la Misión y la Iglesia misma” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de Marzo de 2009, K-I)

Con estas palabras hermanos sacerdotes, Benedicto XVI, nos impulsa a ir “mar adentro”, es decir al fondo de nuestro quehacer como Discípulos y Misioneros, para definir en primera persona, que somos auténticos testigos de la presencia de Dios-Amor, encarnado en nosotros, al señalarnos que la Misión es eclesial porque nadie anuncia o se lleva a si mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de Marzo de 2009, f).

Hermanos sacerdotes, El Señor les bendice por su testimonio y entrega sacerdotal; pues constatamos que la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que han dedicado toda su vida a realizar su vocación y misión y, en muchas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo.

Por ello, con un profundo sentimiento fraternal, les animamos a seguir trabajando en nuestra consolidación de Discípulos y Misioneros, entregados a la desafiante y apasionada tarea de la Gran Misión, desde su experiencia del primer encuentro con Jesucristo, su seguimiento, hasta la puesta en práctica de los programas y procesos evangelizadores.

Nos preocupa sobremanera la situación de nuestro tiempo, las dificultades y exigencias que en muchas ocasiones nos desbordan y que como rebaño y pastor tenemos que afrontar y compartir, para dar soluciones adecuadas.

También queridos hermanos sacerdotes, queremos darles las gracias, por tanto bien que han hecho a nuestra Iglesia en las comunidades que se les han encomendado, reconocemos y admiramos su entrega fiel y generosa. Queremos estar cerca de cada uno de ustedes, y solidarizarnos con todos, particularmente con aquellos que están pasando por momentos difíciles: tribulaciones, enfermedades, pérdida de algún ser querido, crisis y obscuridades existenciales.

Aunque en las Diócesis de Nuestra Provincia se están realizando distintos Eventos para celebrar este año sacerdotal, a nivel Provincia Eclesiástica de México se está preparando un encuentro sacerdotal del que más adelante tendrán noticias.

Por ello, y en este contexto, se invita a los Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Laicos a que hagamos de este año Sacerdotal, un año de intensa oración, para pedir por la santificación de nuestros sacerdotes, pues aunque sabemos que la santidad del presbítero es responsabilidad de cada uno de ellos, la comunidad ora incesantemente a Dios por ellos y a la vez, este año sea una oportunidad concreta para que rindamos un justo homenaje y reconocimiento a tantos sacerdotes que con su testimonio de vida nos dejaron un legado de fe, esperanza y caridad.

 Así, el Año Sacerdotal es una ocasión propicia para que, a la luz de la Palabra de Dios revaloremos el ministerio que el Señor Jesús nos ha confiado.  Mencionamos algunos aspectos que tenemos que tomar muy en cuenta en este año de gracia.

 

1         Agradecer a Cristo Jesús la vocación del sacerdocio ministerial, por la que llama a personas concretas a prolongar su misión de actuar “en su persona” como Cabeza, Pastor y Siervo en la Iglesia.

2         Alabar a Dios con alegría y gratitud por el testimonio y servicio de muchos sacerdotes –vivos o difuntos- que nos han ayudado a lo largo de nuestra vida y nos edifican con su ejemplo.

3         Los que hemos sido llamados al sacerdocio ministerial, reconocer ante Dios este don inmerecido y renovarnos en nuestra respuesta a Él y en nuestro servicio a la comunidad. En este sentido, atender e incrementar el espíritu de formación permanente en todos sentidos.

4         Renovar la fraternidad y comunión del presbiterio y la relación sacramental con el propio Obispo.

5         Profundizar la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros. En el contexto de la Eucaristía, subrayando su centralidad en el sacerdocio ministerial.

6         Suscitar más intensamente la forma de vida apostólica según la imagen de Cristo Sacerdote para hacernos más presentes en los alejados y necesitados.

7         Según palabras del Papa, “recuperar aquella conciencia que impulsa a los sacerdotes a hacerse presentes, identificables, reconocibles, sea por el juicio de la fe, sea por las virtudes personales, sea también por el hábito, en los ambientes de la cultura y la caridad”. En otras palabras renovar nuestra identidad.

8         Resaltar el papel del sacerdocio para la misión de la Iglesia y en la sociedad contemporánea.

9         Ofrecer las mejores energías eclesiales para cuidar la formación de los candidatos al ministerio.

10     Examinar las condiciones concretas y el sustento material en el que viven nuestros sacerdotes, en algunos casos obligados a subsistir en situaciones de dura pobreza.

11     Acentuar la comunión y amistad de los sacerdotes con las comunidades a su cargo.

El espíritu de este año sacerdotal nos invita, igualmente, a reavivar el don de Dios que hemos recibido (Cfr. 2Tim 1,6). Para experimentar el amor de Cristo,  contemplemos el testimonio admirable del Santo cura de Ars.  De él, en efecto, ha escrito el Papa Juan Pablo II: “Podría decirse que Juan María Vianney quería en cierto modo, arrancar a Dios las gracias de la conversión no solamente con sus oraciones, sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquellos que no lo amaban y, a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos hacían. Era realmente el pastor siempre solidario con su pueblo pecador” (JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes, 16, Marzo de 1986).

En el año dedicado a San Pablo, que ha terminado, se nos presentaba la experiencia de fe vivida por este gran apóstol, en donde se presentaba con el esclavo de Cristo (Cfr. Rom 1, 1),  encadenado por el Espíritu (Cfr Hebr 20, 22), dispensador de los misterios de Dios (Cfr 1Cor 4, 1). Su testimonio nos animará en la experiencia del amor que apremia y hace feliz. Este Año sacerdotal es una invitación para comprometernos a revivir cada día la conciencia de nuestra consagración, porque, como dice el Apóstol Pablo: “llevamos este tesoro en vasos de barro” (2Cor 4, 7). Nos vemos cada día más urgidos para lograr nuestra configuración con Cristo, es decir, pensar como Él, actuar como Él, vivir como Él; en una palabra, amar como Él, para conseguir “tener los mismos sentimientos de Cristo” y sus mismas actitudes (Filp 2, 5).

Queridos sacerdotes de esta PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE MÉXICO, vivamos con fe y con entusiasmo en la realización de esta feliz iniciativa de su Santidad Benedicto XVI que ha querido dedicar un Año para nosotros los sacerdotes. Dios bendecirá nuestros esfuerzos y Santa María de Guadalupe, Madre de Dios por  quien se vive y Madre de los sacerdotes, profundamente vinculada a nuestras Iglesias diocesanas, desde el Tepeyac nos ayudará con su intercesión, para que el amor que nos apremia y transforma, vaya forjando cada día más en nosotros nuestra identidad con Jesús, sumo Sacerdote y buen Pastor.

Vivamos el don del sacerdocio en este Año de gracia del Señor en la fraternidad sacramental.

Mensaje de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de México con motivo del Año Sacerdotal 2009/2010

 

A NUESTROS HERMANOS SACERDOTES QUE CONFORMAN LOS PRESBITERIOS:

¡Gracia y paz delante de Dios Padre, de
Jesucristo el Señor y la comunión del
Espíritu
Santo sean con todos ustedes…!
(2 Cor 13,13)                                                                                                         

Nosotros, sus Obispos, les saludamos cordialmente y “Damos gracias a Dios por todos ustedes, recordándoles en nuestras oraciones; haciendo sin cesar ante nuestro Dios y Padre, memoria de la obra de nuestra fe, del trabajo de nuestra caridad y de la perseverante esperanza de Nuestro Señor Jesucristo, sabedores de la elección, hermanos amados de Dios” (1Tes 1, 2-4).

El viernes 19 de junio en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI, ha dado inicio al Año Sacerdotal, con el tema: “Fidelidad a Cristo, Fidelidad del Sacerdote”, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, cura de Ars y patrono de los sacerdotes.

Los Obispos, que integramos la Provincia Eclesiástica de México, que comprende las Diócesis de Atlacomulco, Cuernavaca, Toluca y Arquidiócesis de México, nos unimos con todos los sacerdotes que la conformamos, a la alegría con la cual hemos recibido este año de gracia que el Señor Jesús nos regala, por ello reafirmamos con el Papa que “la dimensión misionera del Presbítero nace de su configuración sacramental con Cristo Cabeza”. Pues “la Misión tiene su verdadero centro propulsor precisamente en Jesucristo. Y la centralidad de Cristo trae consigo la valoración correcta del sacerdocio ministerial, sin el cual no existiría la Eucaristía ni, por tanto, la Misión y la Iglesia misma” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de Marzo de 2009, K-I)

Con estas palabras hermanos sacerdotes, Benedicto XVI, nos impulsa a ir “mar adentro”, es decir al fondo de nuestro quehacer como Discípulos y Misioneros, para definir en primera persona, que somos auténticos testigos de la presencia de Dios-Amor, encarnado en nosotros, al señalarnos que la Misión es eclesial porque nadie anuncia o se lleva a si mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de Marzo de 2009, f).

Hermanos sacerdotes, El Señor les bendice por su testimonio y entrega sacerdotal; pues constatamos que la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que han dedicado toda su vida a realizar su vocación y misión y, en muchas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo.

Por ello, con un profundo sentimiento fraternal, les animamos a seguir trabajando en nuestra consolidación de Discípulos y Misioneros, entregados a la desafiante y apasionada tarea de la Gran Misión, desde su experiencia del primer encuentro con Jesucristo, su seguimiento, hasta la puesta en práctica de los programas y procesos evangelizadores.

Nos preocupa sobremanera la situación de nuestro tiempo, las dificultades y exigencias que en muchas ocasiones nos desbordan y que como rebaño y pastor tenemos que afrontar y compartir, para dar soluciones adecuadas.

También queridos hermanos sacerdotes, queremos darles las gracias, por tanto bien que han hecho a nuestra Iglesia en las comunidades que se les han encomendado, reconocemos y admiramos su entrega fiel y generosa. Queremos estar cerca de cada uno de ustedes, y solidarizarnos con todos, particularmente con aquellos que están pasando por momentos difíciles: tribulaciones, enfermedades, pérdida de algún ser querido, crisis y obscuridades existenciales.

Aunque en las Diócesis de Nuestra Provincia se están realizando distintos Eventos para celebrar este año sacerdotal, a nivel Provincia Eclesiástica de México se está preparando un encuentro sacerdotal del que más adelante tendrán noticias.

Por ello, y en este contexto, se invita a los Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Laicos a que hagamos de este año Sacerdotal, un año de intensa oración, para pedir por la santificación de nuestros sacerdotes, pues aunque sabemos que la santidad del presbítero es responsabilidad de cada uno de ellos, la comunidad ora incesantemente a Dios por ellos y a la vez, este año sea una oportunidad concreta para que rindamos un justo homenaje y reconocimiento a tantos sacerdotes que con su testimonio de vida nos dejaron un legado de fe, esperanza y caridad.

 Así, el Año Sacerdotal es una ocasión propicia para que, a la luz de la Palabra de Dios revaloremos el ministerio que el Señor Jesús nos ha confiado.  Mencionamos algunos aspectos que tenemos que tomar muy en cuenta en este año de gracia.

 

1         Agradecer a Cristo Jesús la vocación del sacerdocio ministerial, por la que llama a personas concretas a prolongar su misión de actuar “en su persona” como Cabeza, Pastor y Siervo en la Iglesia.

2         Alabar a Dios con alegría y gratitud por el testimonio y servicio de muchos sacerdotes –vivos o difuntos- que nos han ayudado a lo largo de nuestra vida y nos edifican con su ejemplo.

3         Los que hemos sido llamados al sacerdocio ministerial, reconocer ante Dios este don inmerecido y renovarnos en nuestra respuesta a Él y en nuestro servicio a la comunidad. En este sentido, atender e incrementar el espíritu de formación permanente en todos sentidos.

4         Renovar la fraternidad y comunión del presbiterio y la relación sacramental con el propio Obispo.

5         Profundizar la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros. En el contexto de la Eucaristía, subrayando su centralidad en el sacerdocio ministerial.

6         Suscitar más intensamente la forma de vida apostólica según la imagen de Cristo Sacerdote para hacernos más presentes en los alejados y necesitados.

7         Según palabras del Papa, “recuperar aquella conciencia que impulsa a los sacerdotes a hacerse presentes, identificables, reconocibles, sea por el juicio de la fe, sea por las virtudes personales, sea también por el hábito, en los ambientes de la cultura y la caridad”. En otras palabras renovar nuestra identidad.

8         Resaltar el papel del sacerdocio para la misión de la Iglesia y en la sociedad contemporánea.

9         Ofrecer las mejores energías eclesiales para cuidar la formación de los candidatos al ministerio.

10     Examinar las condiciones concretas y el sustento material en el que viven nuestros sacerdotes, en algunos casos obligados a subsistir en situaciones de dura pobreza.

11     Acentuar la comunión y amistad de los sacerdotes con las comunidades a su cargo.

El espíritu de este año sacerdotal nos invita, igualmente, a reavivar el don de Dios que hemos recibido (Cfr. 2Tim 1,6). Para experimentar el amor de Cristo,  contemplemos el testimonio admirable del Santo cura de Ars.  De él, en efecto, ha escrito el Papa Juan Pablo II: “Podría decirse que Juan María Vianney quería en cierto modo, arrancar a Dios las gracias de la conversión no solamente con sus oraciones, sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquellos que no lo amaban y, a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos hacían. Era realmente el pastor siempre solidario con su pueblo pecador” (JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes, 16, Marzo de 1986).

En el año dedicado a San Pablo, que ha terminado, se nos presentaba la experiencia de fe vivida por este gran apóstol, en donde se presentaba con el esclavo de Cristo (Cfr. Rom 1, 1),  encadenado por el Espíritu (Cfr Hebr 20, 22), dispensador de los misterios de Dios (Cfr 1Cor 4, 1). Su testimonio nos animará en la experiencia del amor que apremia y hace feliz. Este Año sacerdotal es una invitación para comprometernos a revivir cada día la conciencia de nuestra consagración, porque, como dice el Apóstol Pablo: “llevamos este tesoro en vasos de barro” (2Cor 4, 7). Nos vemos cada día más urgidos para lograr nuestra configuración con Cristo, es decir, pensar como Él, actuar como Él, vivir como Él; en una palabra, amar como Él, para conseguir “tener los mismos sentimientos de Cristo” y sus mismas actitudes (Filp 2, 5).

Queridos sacerdotes de esta PROVINCIA ECLESIÁSTICA DE MÉXICO, vivamos con fe y con entusiasmo en la realización de esta feliz iniciativa de su Santidad Benedicto XVI que ha querido dedicar un Año para nosotros los sacerdotes. Dios bendecirá nuestros esfuerzos y Santa María de Guadalupe, Madre de Dios por  quien se vive y Madre de los sacerdotes, profundamente vinculada a nuestras Iglesias diocesanas, desde el Tepeyac nos ayudará con su intercesión, para que el amor que nos apremia y transforma, vaya forjando cada día más en nosotros nuestra identidad con Jesús, sumo Sacerdote y buen Pastor.

Vivamos el don del sacerdocio en este Año de gracia del Señor en la fraternidad sacramental.

Mensaje de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de México con motivo del Año Sacerdotal 2009/2010

Queridos hermanos y hermanas:

En la antífona del Magníficat dentro de poco cantaremos: "Nos acogió el Señor en su seno y en su corazón", "Suscepit nos Dominus in sinum et cor suum". En el Antiguo Testamento se habla veintiséis veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. A causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. Luego hay un pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se expresa de manera muy clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: "Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo" (v. 1). En realidad, a la incansable predilección divina Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. "Cuanto más los llamaba —se ve obligado a constatar el Señor—, más se alejaban de mí" (v. 2). Sin embargo, no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues "mi corazón —dice el Creador del universo— se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas" (v. 8).

¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado. Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Símbolo de este amor que va más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto, un testigo ocular, el apóstol san Juan, afirma: "Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34).

Queridos hermanos y hermanas, os doy las gracias porque, respondiendo a mi invitación, habéis venido en gran número a esta celebración con la que entramos en el Año sacerdotal. Saludo a los señores cardenales y a los obispos, en particular al cardenal prefecto y al secretario de la Congregación para el clero, así como a sus colaboradores, y al obispo de Ars. Saludo a los sacerdotes y a los seminaristas de los diversos colegios de Roma; a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles. Dirijo un saludo especial a Su Beatitud Ignace Youssif Younan, patriarca de Antioquía de los sirios, que ha venido a Roma para encontrarse conmigo y manifestar públicamente la "ecclesiastica communio" que le he concedido.

Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar juntos el Corazón traspasado del Crucificado. En la lectura breve, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, acabamos de escuchar una vez más que "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo (...) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2, 4-6). Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos. En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El evangelista san Juan escribe: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.

Aunque es verdad que la invitación de Jesús a "permanecer en su amor" (cf. Jn 15, 9) se dirige a todo bautizado, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de santificación sacerdotal, esa invitación resuena con mayor fuerza para nosotros, los sacerdotes, de modo particular esta tarde, solemne inicio del Año sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Me viene inmediatamente a la mente una hermosa y conmovedora afirmación suya, recogida en el Catecismo de la Iglesia católica: "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús" (n.1589).

¿Cómo no recordar con conmoción que de este Corazón ha brotado directamente el don de nuestro ministerio sacerdotal? ¿Cómo olvidar que los presbíteros hemos sido consagrados para servir, humilde y autorizadamente, al sacerdocio común de los fieles? Nuestra misión es indispensable para la Iglesia y para el mundo, que exige fidelidad plena a Cristo y unión incesante con él, o sea, permanecer en su amor; esto exige que busquemos constantemente la santidad, el permanecer en su amor, como hizo san Juan María Vianney.

En la carta que os he dirigido con motivo de este Año jubilar especial, queridos hermanos sacerdotes, he puesto de relieve algunos aspectos que caracterizan nuestro ministerio, haciendo referencia al ejemplo y a la enseñanza del santo cura de Ars, modelo y protector de todos nosotros los sacerdotes, y en particular de los párrocos. Espero que esta carta os ayude e impulse a hacer de este año una ocasión propicia para crecer en la intimidad con Jesús, que cuenta con nosotros, sus ministros, para difundir y consolidar su reino, para difundir su amor, su verdad. Y, por tanto, "a ejemplo del santo cura de Ars —así concluía mi carta—, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz".

Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Este fue el objetivo de toda la vida de san Pablo, al que hemos dirigido nuestra atención durante el Año paulino, que ya está a punto de concluir; y esta fue la meta de todo el ministerio del santo cura de Ars, a quien invocaremos de modo especial durante el Año sacerdotal. Que este sea también el objetivo principal de cada uno de nosotros. Para ser ministros al servicio del Evangelio es ciertamente útil y necesario el estudio, con una esmerada y permanente formación teológica y pastoral, pero más necesaria aún es la "ciencia del amor", que sólo se aprende de "corazón a corazón" con Cristo. Él nos llama a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar al rebaño en su nombre. Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz.

Sólo así podremos cooperar eficazmente al misterioso "designio del Padre", que consiste en "hacer de Cristo el corazón del mundo". Designio que se realiza en la historia en la medida en que Jesús se convierte en el Corazón de los corazones humanos, comenzando por aquellos que están llamados a estar más cerca de él, precisamente los sacerdotes. Las "promesas sacerdotales", que pronunciamos el día de nuestra ordenación y que renovamos cada año, el Jueves santo, en la Misa Crismal, nos vuelven a recordar este constante compromiso.

Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volvernos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarlo, deben sentirse impulsados por él al necesario "dolor de los pecados" que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aún más para los ministros sagrados. A este respecto, ¿cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en "ladrones de las ovejas" (cf. Jn 10, 1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.

Hace poco he podido venerar, en la capilla del Coro, la reliquia del santo cura de Ars: su corazón. Un corazón inflamado de amor divino, que se conmovía al pensar en la dignidad del sacerdote y hablaba a los fieles con un tono conmovedor y sublime, afirmando que "después de Dios, el sacerdote lo es todo... Él mismo no se entenderá bien sino en el cielo" (cf. Carta para el Año sacerdotal). Cultivemos queridos hermanos, esta misma conmoción, ya sea para cumplir nuestro ministerio con generosidad y entrega, ya sea para conservar en el alma un verdadero "temor de Dios": el temor de poder privar de tanto bien, por nuestra negligencia o culpa, a las almas que nos han sido encomendadas, o —¡Dios no lo quiera!— de poderlas dañar.

La Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos. En la adoración eucarística, que seguirá a la celebración de las Vísperas, pediremos al Señor que inflame el corazón de cada presbítero con la "caridad pastoral" capaz de configurar su "yo" personal al de Jesús sacerdote, para poderlo imitar en la entrega más completa.

Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, cuyo Inmaculado Corazón contemplaremos mañana con viva fe. El santo cura de Ars sentía una filial devoción hacia ella, hasta el punto de que en 1836, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, ya había consagrado su parroquia a María "concebida sin pecado". Y mantuvo la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santísima Virgen, enseñando a los fieles que "basta con dirigirse a ella para ser escuchados", por el simple motivo de que ella "desea sobre todo vernos felices".

Que nos acompañe la Virgen santísima, nuestra Madre, en el Año sacerdotal que hoy iniciamos, a fin de que podamos ser guías firmes e iluminados para los fieles que el Señor encomienda a nuestro cuidado pastoral. ¡Amén!

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